dilluns, 2 de novembre del 2020

"Las bienaventuranzas, semillas de resurrección" (RELIGIÓN DIGITAL, 01/11/2020)

 Cuentan de un sacerdote que mientras hacía la homilía veía un hombre que sentado en el primer banco de la iglesia, no solo dormía sino que incluso roncaba. Cuando acabó la homilía el sacerdote dijo al monaguillo: despierta a aquel hombre que está roncando. Pero el niño le contestó: despiértelo usted que lo ha dormido con su homilía.

En esta fiesta de Todos los Santos, no creo que las bienaventuranzas nos adormezcan sino todo lo contrario, nos desvelan e incluso nos inquietan, porque si las hacemos nuestras nos desinstalan y por eso mismo nos hacen entender la vida de una manera diferente. Y es que con las bienaventuranzas deja de estar en primera línea la violencia y la riqueza, el poder, el dinero y el prestigio, que quedan sustituidos por la paz, la solidaridad, la humildad y la bondad.

Pero hoy ¿quién es capaz de llamar felices a los pobres, a los humildes, a los que lloran, a los limpios de corazón, a los que tienen hambre y sed de justicia, a los que trabajan por la paz, a los perseguidos por el hecho de ser justos? Más corrientemente nuestro mundo proclama felices a los que tienen dinero, fama y poder, a los que ríen y se lo pasan bien, a los que se enriquecen traficando armas o drogas o con otros negocios sucios y a los que triunfan aunque sea a base de pisotear a los más débiles de la sociedad.

El obispo Pere Casaldàliga le escribía así a su madre: “Madre, no sufras por mí. Me siento más feliz que nunca. Ahora empiezo a comprender aquella bienaventuranza de Jesús: Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos”. Y es que per su fidelidad al Evangelio, el obispo Pere perdió la amistad de los poderosos y de los ricos y por eso fue tratado de comunista, terrorista y subversivo. Cuando la policía registró su casa y se llevaron algunos libros y apuntes suyos, Casaldàliga dijo que se habían olvidado llevarse el libro más revolucionario: el Evangelio. Y es que si no las leemos desde la rutina, las bienaventuranzas nunca son neutras, ni políticamente correctas, ya que dan la vuelta nuestra escala de valores.

Los santos, los de ayer y los de hoy, pusieron las bienaventuranzas en el centro de sus vidas. San Benito y San Francisco de Asís, Santa Teresa de Jesús y San Ignacio de Loyola, San Óscar Romero, San Juan XXIII y San Pablo VI o el joven de 15 años, Carlo Acutis, beatificado hace unas semanas, todos estos santos (y otros anónimos que podemos conocer y que en esta fiesta de Todos los Santos celebramos, aunque no hayan estado canonizados) pusieron en sus vidas, por delante del Decálogo escrito en tablas de piedra, las bienaventuranzas, escritas en sus corazones.

Las bienaventuranzas nos empujan a denunciar las guerras, el hambre y las injusticias de nuestro mundo y a escuchar el grito de los pobres y de la tierra. Las bienaventuranzas nos piden no sumergirnos en la indiferencia ante el dolor de nuestro mundo. Porque las bienaventuranzas nos hacen ver que es ya hora de trabajar a favor del bien común de los ciudadanos y del planeta. Ante el escándalo de las guerras y del hambre, las bienaventuranzas son para nosotros luz de esperanza y semillas de resurrección.

En este tiempo de dolor y de muerte, de confinamiento y de desesperanza por la Covid-19, las bienaventuranzas nos ayudan a sembrar semillas de alegría y de paz, porque son la gran fuerza que tenemos para transformar la Iglesia y el mundo.

Las bienaventuranzas nos hacen ver que más que la técnica necesitamos humanidad, dulzura y bondad, ya que sin esos valores la vida es inhumana. Por eso las bienaventuranzas nos ayudan a vivir con las manos abiertas y el corazón solidario y nos animan a rechazar “el cinismo que gobierna nuestra vida ecológica, política, económica y social”, como ha afirmado el patriarca Bartolomé de Constantinopla.

En esta solemnidad de Todos los Santos, conviene recordar que la encíclica del papa Francisco, “Hermanos todos”, nos invita a construir un mundo más humano, más fraterno y más solidario, un mundo capaz de acoger y apoyar a los que más sufren. Hemos de hacer realidad un mundo basado en la civilización del amor, como ha dicho el papa recientemente en el Encuentro Internacional celebrado en Roma “Solo el amor apaga el odio, solo el amor vence la injusticia”.

Las bienaventuranzas nos piden compartir nuestro pan con los que no lo tienen, a enjugar las lágrimas de los que lloran, a visitar y a apoyar a los presos perseguidos y encarcelados injustamente, a trabajar por la paz y a acoger a los que viven sin dignidad. Y es que como ha dicho el papa, “delante de Dios no somos extraños ni cifras. Somos rostros y corazones conocidos uno por uno por nuestro nombre”.

Los santos lo hicieron así y por eso nosotros, llamados también a la santidad, hemos de hacer de las bienaventuranzas, del Evangelio y de Jesús, el centro de la Iglesia y de nuestras vidas.

Finalmente me gustaría que, en este tiempos tan difíciles por la Covid-19, todos nosotros diésemos gracias a Dios por los bienaventurados de hoy que están en primera línea contra el coronavirus: los médicos, los enfermeros, los farmacéuticos, los investigadores, el personal de limpieza de hospitales y residencias que, trabajando hasta la extenuación, están luchando contra esta pandemia.

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